F. Dolto y los niños como creadores de su porvenir

Françoise Dolto (1908-1988) fue una psiquiatra y psicoanalista francesa que destacó especialmente en el trabajo con niños, y participó, junto a Jacques Lacan, en la creación de la Escuela Freudiana de París.  Durante años respondía a las dudas de los padres en su consultorio radiofónico en una emisora francesa. Fue la creadora de las casas verdes, centros para la educación y socialización de niños de 0 a 4 años, que acudían con sus padres. Dolto las llamaba “lugares para intercambiar palabras”.

Estar a la escucha de los niños, no significa observarlos como objeto de investigación, ni pretender educarlos, sino respetar, amar en ellos a la generación nueva de que son portadores. ¿Es que alguna vez sabemos hasta qué punto estamos a la escucha sin trampear, sin interferir, sin confundir las ondas?
No tenemos nada que imponer a los niños. En mi opinión hay una sola manera de ayudarlos: siendo auténticos nosotros mismos y diciendo a los niños que no sabemos, pero que ellos deben aprender a saber; que nosotros no fabricamos su porvenir, sino que lo crearán ellos; otorgándoles el papel de tomar a cargo su destino exactamente como ellos querían tomarlo. Por desdicha, también los influenciamos, aún sin quererlo.
La causa de los niños, F. Dolto (1986).

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Entrevista a Françoise Dolto acerca del peligro de repetir al adulto

Es más frecuente que, en lugar de desarrollar su singularidad, los niños se vean grandes como los adultos que les rodean. El niño lleva los genes de esos adultos, pero tiene que llegar a ser totalmente diferente de ellos.

 

Hay una cuestión central en el debate de nuestra época, entre psicólogos, sociólogos, psico-sociólogos, etnólogos, médicos; en fin, entre quienes se interrogan sobre la realidad del niño en relación con su devenir, con el devenir del Hombre: ¿Existe una especificidad de la infancia? ¿Tiene el niño una realidad propia, incluso aunque sea transitoria, o bien es simplemente una etapa? En todas las disciplinas nos encontramos con esta ambigüedad y esta perplejidad a la hora de definir al niño.

Es una falsa cuestión, porque la frontera psíquica entre infancia y edad adulta no es muy nítida. ¿Quién puede sentirse adulto? Es verdad que existen referencias somáticas: la maduración gonádica, el final del proceso de osificación, la trayectoria de desarrollo que podemos fijar en una curva y que muestra al máximo la “fuerza de la vida”. Desde este punto de vista –crecimiento, edad celular, etc.-, el niño es un pre-adulto, y el adulto un pre-viejo.

Para manipularlo, no se le respeta como futuro adulto, sino que se le trata como una no-persona, como si no estuviera incurso en ese futuro. Los novelistas y los poetas que le reconocen un poder mágico contribuyen a acreditar esa leyenda de irrealidad, de mundo aparte, ese angelismo que justifica que a los niños no se les considere como personas íntegras. Pierre Emmanuel escribe: “Preservemos el continente completamente maravilloso y único e irreemplazable del niño”. En este caso, lo reduce al estado de no-persona, al mismo tiempo que de irrealidad.

Es verdad que los niños son poetas. El adulto puede ser también poeta, pero ha olvidado que, cuando era niño, ya lo era. Ha perdido ese sentido. Saint-John Perse es un adulto, pero ha conservado en él el continente de la infancia, de donde mana la fuente de su poesía. La poesía existe siempre subyacente, sólo que la educación, o más bien la instrucción, puede aplastar en un niño las posibilidades poéticas.

Al niño pequeño hay que liberarlo de una idea que a todos nos domina hasta los cuatro o cinco años, a saber: la de que el adulto es la imagen de él mismo cuando tenga su fuerza. Es verdad que el niño tiene ganas de conquistar el poder de ese adulto. Por lo demás, por eso es por lo que aprende, según el código inteligible para los otros, la lengua que hablan quienes le crían; quiere expresarse como se expresan esos adultos; y, si algunos no aprenden bien la lengua, es porque poseen ya su propio código de lenguaje, que es diferente del lenguaje de los adultos. Entre ellos, los poetas son los que aceptan la lengua vehicular, o sea la lengua de todo el mundo, que permite a los unos y a los otros comunicar con unas palabras que deberían decir otra cosa y al mismo tiempo continúan hablándole “a su árbol”, como el héroe del Bel Oranger [Hermoso Naranjo], a seres visibles o invisibles, a seres imaginarios que conservan en ellos. Les hablan por medio de una lengua codificada de otro modo, que está centrada a la vez en la música y las imágenes y, al mismo tiempo, en escansiones [perturbación de la pronunciación consistente en acentuar ciertas sílabas] que en la lengua de comunicación no serían funcionales: es ésta una lengua de placer, y no cualquiera, de placer que no es posible impedir, que les resulta indispensable: el placer de crear; el poeta, si no escribe poesía, sufre hasta morir. Revienta. La gente escribe porque, si no escribiera, caería enferma. Pero es más frecuente que, en lugar de desarrollar su singularidad, los niños se vean grandes como los adultos que les rodean. El niño lleva los genes de esos adultos, pero tiene que llegar a ser totalmente diferente de ellos. Y creo que esto es lo que me agrada de la manera en que entiendo la Palabra de Jesús de Nazaret: “Dejad que los niños se acerquen a Mí”, a ese Mí que representa en el momento en el que habla al Yo, al Hijo de Dios, es decir, a alguien totalmente diferente de cada uno de los seres humanos de hoy, aparen¬temente los únicos modelos que los niños poseen. Dejadles que lleguen a alguien distinto por completo de vosotros. Así lo entiendo yo.

Aunque sea difícil, es necesario extirpar del niño esa “ilusión mágica” de que su padre es el modelo, el que sabe y al que ha de parecerse a base de imitarle. Más tarde, el “hacer como papá hace hoy (o como mamá)” es sustituido por el “hacer como los chicos (o chicas) de la pandilla”: está buscando una identidad que sea admitida por los otros. De algún modo es siempre un inevitable alienarse en una apariencia valiosa. Tiene que llegar a ser él en relación con su origen vital, su deseo, no para agradar a otro, aunque éste sea su venerado padre.

¿Qué es lo que buscas? Veamos juntos cómo puedas quizás encontrarlo… Y cuando lo hayas encontrado, me dices qué has hallado y cómo lo has hecho; hablaremos de ello.

Ahí reside, creo yo, la novedad que el psicoanálisis ha aportado como idea de educación capaz de prevenir pérdidas de energía del corazón y de la inteligencia. Si lo tuviéramos en cuenta a la hora de formar maestros y educadores, éstos aprenderían a preparar a un niño para que llegue a ser lo que tiene que ser según lo que él vive, lo que él es, lo que él siente, y no sólo según aquello de lo que tiene ganas y que, a sus ojos, otro posee; en tal caso, hay que decirle: “Me pides un consejo, y te lo doy. Pero, sobre todo, no lo sigas más que si lo deseas, porque este consejo sólo vale como intercambio hablado; es la reacción de alguien de otra generación a lo que te preguntas. Necesitabas hablar de tus inquietudes, y te respondo, pero no tomes lo que te digo como una verdad, pues es sólo mi opinión. Puesto que los humanos necesitan comunicarse, te digo cuál es la reflexión que han suscitado en mí tus cuestiones, pero, sobre todo, no sigas este consejo; pregunta a muchas otras personas y, gracias a ello, elaborarás por ti mismo la respuesta a tus preguntas”. Lo importante es decir esto desde que el niño es muy pequeño: no imitar y nunca someterse al otro, aunque sea un adulto, sino encontrar su propia respuesta a lo que le cuestiona e inquieta. “¿Qué es lo que buscas? Veamos juntos cómo puedas quizás encontrarlo… Y cuando lo hayas encontrado, me dices qué has hallado y cómo lo has hecho; hablaremos de ello”. Esto es lo que debería ser la educación todo el tiempo. Lo que el adulto debe hacer es vigilar para evitarle al niño el riesgo de que le imite y se someta a su saber, a sus métodos, a sus límites, o de oponerse al otro, aunque le parezca prestigioso, y que no encuentre valioso obedecer a otro sin crítica, ni que quien quiera someterle encuentre valioso haber sometido al niño a su directriz, sin crítica.

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Es en extremo falaz considerar a los seres humanos durante su infancia como un mundo aparte. Encerrarlos juntos en un supuesto círculo mágico es esterilizador. El papel del adulto, durante el tiempo que está en la familia, es suscitar y ayudar al niño a insertarse en la sociedad de la que es un elemento vivo necesario. Para sostener su desarrollo, hay que considerarlo en su advenir y confiar en el adulto en el que aspira llegar a ser. El drama reside en que, a partir del momento en el que dejamos de mirarlo como un pequeño poeta, como un niño que sueña, que tiene su mundo aparte, hacemos que intervenga el modelo impuesto: “Eres un pre-adulto, pero en relación con el adulto que yo mismo soy”. Cuando en realidad es un pre-adulto, es verdad, pero de un estilo que aún no existe, que está por inventar, que él ha de encontrar por sí mismo.
Lo más frecuente es que los niños, en la trágica condición en la que se les pone, sean o adulados o avasallados. Se encuentran debatiéndose entre esos dos tratamientos, ambos abusivos: la tierna mirada sobre su verde paraíso (“Aprovechaos, igual que nosotros disfrutamos a vuestra edad”), o bien el dedo enhiesto, cargado de correcciones, apuntando hacia un modelo que hay que imitar. En ambas actitudes, el conformismo es reductor. Oculta la verdad: el niño que viene al mundo debería recordarnos que el ser humano es un ser que viene de otra parte y que cada uno nace para aportar a su tiempo algo nuevo.

Se trata verdaderamente de dos comportamientos del adulto hacia el niño que parecen antitéticos, pero que, en realidad, son dos corrupciones de menores. Al niño o se le encierra o se le explota; lo mismo es sueño de infancia, fantasma nostálgico, jardín que admirar, que objeto de poder, discípulo sumiso, servidor celoso, digno heredero… [mera sombra del adulto].
Creo que ése es el drama permanente de la condición infantil: el ser humano es un ser de deseo al inicio de su vida que muerde el señuelo de desear imitar al padre o a la madre, quien por su parte se siente muy feliz de ser imitado. En lugar de dejarle tomar día a día sus iniciativas y desarrollarse según su propia orientación, conforme a su propio deseo, el adulto piensa que si se lo somete, su niño tendrá más facilidades y correrá menos riesgos. ¿Por qué no inspirarse del ejemplo de la medicina del cuerpo? Bien que vacunamos contra los peligros de las enfermedades; también podríamos vacunar al niño, desde temprana edad, contra el peligro de la imitación y la identificación abusivas… Está obligado a pasar por ahí, por el hecho de que es pequeño y de que se intuye a sí mismo “grande” y que, como persona que ya es, quiere imitar al adulto. El niño no busca echadores de cartas para conocer su futuro, como hacen los adultos. A la pregunta: “¿Cómo seré de mayor?”, se responde: “Seré ‘él’ (o ‘ella’); así que conozco mi futuro”. El niño conoce su futuro: será igual que el adulto al que frecuenta, primero de sexo que no sabe diferenciado, después como el adulto de su sexo, hasta el día en el que está tan decepcionado que entonces ya no quiere futuro. Entonces se vuelve más verdadero, pero también corre más peligro respecto a la sociedad, puesto que los padres no le reconocen si él no se reconoce en ellos. Ahí está el problema. Y también en que los niños no pretenden conocer el futuro, y en que la muerte no es problema para ellos como para el adulto, que la teme. El niño, no: vive al día.

El niño no pretende conocer el futuro; lo hace, crea el futuro.

Así es como vivimos el tiempo de la niñez: algo no marcha, no hacemos ningún proyecto, los recursos están en lo inmediato: un hermano mayor, un padre adoptivo, un árbol, un avión que pasa por el cielo… Hemos balizado su camino, su ámbito, evolucionamos inconscientemente en el advenir del adulto. Y si se tienen ganas de acabar, siempre hay cerca un río o un árbol desde el que nos tiraremos, o iremos a casa de otro… Haremos diez kilómetros, haremos auto-stop. Es muy limitado. El niño no pretende conocer el futuro; lo hace, crea el futuro. No es prudente. No anda con cautelas. Obra según su deseo, asume las consecuencias.

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Ilustración de Laura De Vega Palacios

En sus relaciones con la naturaleza, su antropomorfismo no es científico ni poético: es todo a la vez. Sin duda, es el momento de la conciencia humana en el que efectivamente las cosas no están separadas en disciplinas. Sucede como si fuéramos al río para coger en él arena aurífera para hacer con ella la propia casa, sin haber separado las pepitas de oro. Esta totalidad es la que encontramos, no ya en el niño tipo, sino en el niño que hay en cada ser humano. Quizá sería ya un progreso (en todo caso metodológico) el no hablar sólo de la infancia… La infancia de cada hombre, cada mujer. De ningún modo: los Niños o la Infancia… Me enfurezco cuando me veo diciendo “el Niño”, porque por costumbre decimos “el niño”, pero tal abstracción no existe, ese concepto es falso: eso no quiere decir nada. Para mí es un niño, tal niño; pero también un adulto y una mujer; la mujer no existe. Más aun, eso de “los niños” es peligroso; lo engloba todo; más bien habría que decir “ciertos niños” o “tal niño”. Podemos decir: los humanos en el estado infantil. Si no, recaemos en la trampa del no-adulto y del pre-adulto, abstracto y, por tanto, inexistente.

Podemos compararlo con un árbol que, en primavera, aún no tiene frutos. No reacciona al mundo, a las intemperies, al cosmos, como lo hará cuando haya tenido frutos. En el estado infantil, cada hombre es ese ser portador de potencialidades creadoras, pero que desconoce serlo, o bien, si se lo imagina mediante fantasmas, no hace caso. Dichosa imprevisión, correlativa al amor por la vida, a la esperanza en ella y a la confianza en sí.

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