La Nena, la Intérprete y el Árbol

Como ya hemos compartido con vosotros en anteriores publicaciones, en junio de este año tuvo un lugar la asamblea anual de AAPIPNA, este año una asamblea muy emotiva y especial, en la que hubo bienvenidas y despedidas.

Os traemos el precioso cuento que nuestro compañero Francisco López Moreno compartió con nosotros en ese bonito día. Desde Creciendo Con Eco queremos agradecerle haber podido escuchar estas hermosas palabras, que para nosotros fueron una perfecta guinda para un día tan especial.

 

LA NENA, LA INTÉRPRETE Y EL ÁRBOL

 

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Ilustración recuperada de https://storyweaver.org.in

 

Ésta es la historia de dos personas que tuvieron un sueño y con él sembraron una semilla. Con mucho amor y ternura, la fueron cuidando día a día hasta que se convirtió en un bonito árbol llamado AAPIPNA.

 

Éste es el cuento de dos mujeres que, con cariño, decidieron abrazar la ilusión que tenían para transformarla en proyecto. Proyecto que lograra un lugar psíquico para la infancia y adolescencia en Aragón.

 

El árbol llamado AAPIPNA, al principio, fue un brote chiquito, pero muy simpático y coqueto. Un brote lleno de magia que siempre sonreía y desprendía una luz radiante. Dos niñas se acercaban todos los días a ofrecerles su agua y cuidar de que creciera sano y fuerte, con unas raíces sólidas y bien ancladas.
Así, casi sin darnos cuenta, el brote que era AAPIPNA, pegó un estirón y se convirtió en adolescente. Un adolescente con ideales y arrojo, con una visión ambiciosa que pretendía llegar lejos hasta conseguir un peso e influencia relevantes en la Comunidad de Aragón. Tenía tanto vigor que se lo contagiaba a los animales del bosque. Aquellas dos niñas, Eloísa y Elizabeth, siempre jubilosas, siempre queridas, seguían cuidando del árbol llamado AAPIPNA, sin darse cuenta de que ellas eran la fuente de toda aquella energía por la que el árbol resplandecía.

 

Una vez el árbol hizo un dibujo, y se lo ofreció a Eloísa:
– Oh, Eloísa, tú que tienes el conocimiento y la sabiduría, dime lo que te transmite esta casa que he bosquejado.
Eloísa cogió el dibujo en sus manos y se sentó junto a su amiga Elizabeth frente al árbol llamado AAPIPNA.
– ¡Qué interesante! ¿No te parece Elizabeth?
– ¡Y, sí! ¡Es un lindo dibujo! – Respondió la muchacha. Eloísa continuó echándole un vistazo.
– Es una casa preciosa, se ve que tiene un trazo muy seguro, un tamaño proporcionado, desprende armonía, luz, vitalidad… Árbol mío, creo que eres muy saludable.
El árbol esbozó una sonrisa al escuchar las palabras de la intérprete. Se alegró tanto que se puso a cantar:
¡Creceré y creceré, AAPIPNA seré!
Un árbol fuerte y sano me haré,
y a la comunidad aragonesa conquistaré.
Unos cuantos chiflados a mí se unirán,
Y ya nadie nos podrá parar.

¡Tan importantes seremos, que tendremos grupo de Whatsapp!
Las chicas rieron contentas y unieron su canto al del árbol.

 

Durante años, siguieron regando sus raíces, abonaron su tierra, podaron sus hojas, cuidaron de sus frutos… Le trataron con esmero para que creciera hermoso. Y es que, en aquello que la muchacha intérprete señaló, acertó. El árbol acabó convirtiéndose en un adulto con un tronco poderoso, cuyo interior era recorrido por una savia rica en minerales, con unas ramas robustas repletas de hojas que brillaban.

 

Las chicas que cuidaban del árbol, cumplieron con la profecía de sus canciones, y con su esfuerzo consiguieron que muchos se acercaran a disfrutar de la compañía de AAPIPNA. El árbol estaba muy contento, cada vez tenía más compañeros con los que compartir historias. Y allí se reunían unos cuantos chicos pensativos.

 

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Ilustración recuperada de https://storyweaver.org.in

Un buen día, AAPIPNA, se dirigió a Elizabeth y Eloísa, mientras reía, habló:
– Os dije que mis canciones no mentían, ¡me habéis rodeado de interesante pensamiento! De gente importante y de buen corazón. Tengo que daros las gracias por tan valiosa compañía.
El tiempo avanzó, el bosque cada vez se encontraba más poblado, sobre todo los sábados. Frente al árbol se sentaban unos cuantos niños en círculo. Lo hacían junto a un poste de madera del que colgaba un tablón en el que podía leerse: “Seminario Intensivo: Primer Curso”. Otros grupos también se sentaban y rodeaban a AAPIPNA junto a otras señales: “Ateneo”, “Curso de Familia y Pareja”. Pero al árbol había un circulo que le despertaba especial curiosidad, se trataba de uno cuyo letrero rezaba “Grupo Operativo”.
– Este es el grupo en el que se hablan los recelos de las gentes en AAPIPNA – pensó el árbol- Al menos eso me contó Elizabeth. No sé… es una cosa muy rara… Insistió en que era muy importante para mi higiene. Supongo que tiene razón, ¡Me encuentro hermoso como un roble!

El bosque que presidía AAPIPNA se había convertido en un poblado al que acudían cada vez más personas, cada vez más interesantes e ilustres… Hacía tiempo ya que Elizabeth y Eloísa no eran las únicas que daban compañía al árbol, que era regado y cuidado por muchos otros muchachos y muchachas. El árbol estaba muy contento por sentirse tan bien arropado.

 

Un buen día, una semilla voló de una rama de AAPIPNA. Y calló muy cerca de él. Los días pasaron, y pasaron y volvieron a pasar. Hasta que una hoja amarilla comenzó a florecer: parecía un pequeño tulipán. Y la hoja creció, con mucho eco, hasta que se convirtió en un gracioso y enérgico brote. Y el árbol padre se dirigió a su hijo, y le llamó por su nombre:
– Hijo mío, de hoy en adelante te llamarás AAPIPNA JOVEN.
– Eeeh, sí padre. – respondió el revoltoso arbolillo.
– Y otra cosa.
– Dime…

– Haz muchas entrevistas a gente interesante, y si son psicoanalistas, mejor. –AAPIPNA guiñó un ojo y sonrió a su hijo. Estaba contento de ser padre.
– Mmm, vale. ¿Podemos entrevistar a raperos, políticos o famosos? Tengo un amigo que conoce a Kase O.
– No, no puedes –respondió AAPIPNA un poco serio- pero te permito que hagas proyectos creativos.
– Vale, entendido. Entrevistaremos a grandes pensadores y haremos otras historias guapas.
– Muy bien hijo, sé que puedo confiar en ti.
Y allí, junto a AAPIPNA JOVEN, se congregaron un grupo de chicas y chicos, liderados por un tal Martín Pelayo.

 

Mientras tanto, seguían ocurriendo cosas alrededor del árbol padre… Eloísa y Elízabeth, poco a poco, iban dejando más espacio a aquellos otros chicos que cuidaban de aquella maravillosa aldea, enriqueciendo las raíces de los árboles con trabajo, dedicación y entusiasmo. Se dieron cuenta que el poblado, en muchos sentidos, iba funcionando, organizado en equipos que se fueron armando. Con el tiempo, tomaron una importante decisión: se harían a un lado y dejarían que otros tomaran en sus manos el cuidado de AAPIPNA, aunque ellas seguirían presentes para prestar ayuda y sabiduría. La decisión no pasó desapercibida para el árbol, que era muy avispado.
– Esas dos muchachas… Qué demonios les pasa. Se han apartado de mí… por lo menos un poco… -el árbol echaba humo por la copa- Maldita sea, yo quiero a Elizabeth y a Eloísa.
AAPIPNA llamó a las dos niñas, que acudieron en seguida.
– ¿Qué te pasa, amigo árbol? – preguntó la chica que interpretaba dibujos.
– ¿Qué os pasa a vosotras? Estuvo bastante bien que trajerais más gente a mi alrededor, no os digo que no… Os estoy muy agradecido por ello, pero ¿no creéis que me estáis rehuyendo?
– Vos sabés que siempre hemos cuidado de ti, y lo seguimos haciendo –comentó Elizabeth.
– Mantenerse lejos no es cuidar –respondió molesto el árbol.
– Elizabeth tiene razón, AAPIPNA, estás en buena compañía: nos tienes a nosotras, claro que sí, siempre estaremos contigo, pero quizá ya no como cuando éramos pequeñas.
– ¡¿Cuándo erais pequeñas?! –contestó extrañado el árbol- Seguís siendo las mismas muchachas de siempre.
– Te equivocas, AAPIPNA –espetó con seguridad Eloísa.
– ¿Qué estás diciendo? No entiendo nada…
– Te has convertido en un gran árbol, pero tu forma de mirar no ha cambiado. Nos ves como a niñas porque proyectamos en ti toda la magia que tenemos, toda la vida lo hemos hecho, sin embargo, has de saber, APPIPNA, que Eloísa y yo ya somos mayores. Los años no pasan por ti, porque la vida de un árbol dura mucho más que la de una persona, pero nosotras hemos ido creciendo a tu lado y no te has dado cuenta. – En el rostro del árbol se esbozó una triste mirada. Eloísa habló para tratar de consolarle:
– Gracias, AAPIPNA, por observarnos con esos ojos repletos de magia. Nunca te olvidaremos, nunca dejaremos de cuidarte. Sin embargo, como ves, ahora estás rodeado de otros jóvenes que te regalan su magia como nosotras hemos hecho. Ellos seguirán a tu lado y nosotras les apoyaremos en lo que el tiempo nos permita.
– Así que entonces… Aunque yo os veo como a muchachas, vosotras sois… -comenzó a enunciar AAPIPNA.
– ¡Mucho ojito, arbolcito! ¡No vayas a cometer el error de confundirnos con unas viejitas! – interrumpió Elizabeth a AAPIPNA, mientras le señalaba. Eloísa soltó una gran risotada. Los tres se miraron y rieron a carcajadas.

 

Y el tiempo pasó. Y aquel grupo de niños pensadores (o lo que fueran) se sentaba a estudiar psicoanálisis alrededor de AAPIPNA, y le cuidaban, y AAPIPNA cuidaba de ellos.
Tal como habían prometido, Elízabeth y Eloísa siguieron echando una mano en lo que pudieron. Y cuando no estuvieron presentes, lo hicieron con el corazón. Y así, las risotadas de aquellas dos mujeres con alma de niñas, acompañaron por siempre al árbol llamado AAPIPNA.

 

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Ilustración recuperada de https://storyweaver.org.in

 

 

Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

De parte de vuestros compañeros de AAPIPNA, que os quieren y os lo hacen saber este maravilloso relato que nosotros hemos escrito, pero vosotras habéis construido durante más de 20 años. Gracias por vuestra magia.

 

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